Mucho se ha hablado del vínculo entre microcefalia y zika, pero la Organización Mundial de la Salud reconoce que también existen "hallazgos consistentes" del aumento de casos de síndrome de Guillain-Barré en zonas afectadas por el virus.
La máxima autoridad sanitaria internacional subrayó hace unas semanas que todavía "no está claramente establecida la etiopatogenia (las causas y mecanismos de cómo se produce la enfermedad) ni los factores de riesgo".
Sin embargo, recomendó a la veintena de países americanos y del Caribe que detectaron zika en su territorio que preparen a los servicios de salud para responder a una mayor demanda de atención especializada para síndromes neurológicos, incluido el de Guillain-Barré.
Ahora una nueva investigación del Instituto Pasteur de París (Francia) publicada en la revista The Lancet establece un vínculo por primera vez entre el zika y esta enfermedad.
El estudio se llevó a cabo utilizando muestras de sangre de 42 pacientes que se enfermaron de zika hace dos años en la Polinesia Francesa.
Los autores señalan que los pacientes desarrollaron los problemas neurológicos asociados con el Guillain-Barré en torno a seis días después de la infección de zika.
También aseguraron que creen que 1 de cada 4.000 personas que padecen zika podría desarrollar esta enfermedad.
Destacados científicos describieron el estudio como "convincente".
Insensibilidad y parálisis
El síndrome de Guillain-Barré es un trastorno autoinmune que afecta al sistema nervioso y desemboca en la parálisis progresiva de los músculos del cuerpo.
Comúnmente se asocia a procesos infecciosos, aunque hay pocos trabajos concluyentes en torno a esa hipótesis.
Lo que se conoce hasta ahora es que, cuando se contrae la enfermedad, el sistema inmunitario –el que se encarga de proteger al cuerpo de enfermedades identificando y atacando a agentes patógenos– ataca a una parte del sistema nervioso periférico.
Concretamente incide en la mielina, la capa aislante que cubre los nervios.
Como consecuencia, los nervios se vuelven incapaces de transmitir señales con eficiencia.
Y por ello, los músculos comienzan a perder su capacidad de responder y los pacientes comienzan a sufrir debilidad.
Asimismo, el cerebro recibe menos señales sensoriales del resto del cuerpo, y por lo tanto el individuo afectado empieza a perder sensibilidad ante el calor, el dolor, las texturas y otras sensaciones.
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